martes, 17 de marzo de 2020

Coprotagonistas (III): En el supermercado


El presidente del Gobierno decretó el estado de alarma. Dijo, tras una emisión en directo dada por todas las cadenas, que los ciudadanos teníamos los movimientos restringidos.

Pero los supermercados eran una de las excepciones. Bienes de primera necesidad. El desabastecimiento estaba descartado, pero el trabajo seguía su ritmo.

Extremaron las medidas de higiene, nos explicaron en una reunión de apenas diez minutos: guantes y mascarillas para todas. Geles desinfectantes para los clientes cuando entrasen. Nosotras tendríamos uno en la caja.

Y a la selva. Aunque ahora la fauna estaba reducida por el personal de seguridad. Un máximo de veinticinco personas dentro del establecimiento.

«Menudo alivio», se dijo Carmen mientras se enfundaba los guantes. «Al menos la gente podrá respetar la distancia de seguridad y no estarán todos apiñados».

Y empezó a recordar los días anteriores a que los controles se intensificaran.

Las gentes en masa con carros llenos, bufandas alrededor del cuello y una sensación de incertidumbre latente.

Insistimos en que respetasen la distancia de seguridad, pero a veces era imposible con la cantidad de gente que ocupaba los pasillos.

Recordó que lo comentó con Alicia, otra cajera joven que entró hace poco para pagarse la universidad.

«La gente no hace ni puto caso, va a lo suyo», le dijo ella.

En el ambiente se podía respirar cómo todo era escepticismo y miedo. Mucho miedo. A lo desconocido. Pero al menos que nos pille con la despensa llena.

Productos de limpieza, pan, huevos, patatas, arroz y pasta. Eso era lo que más se llevaba la gente.

Otra jornada expuesta, de pie y detrás de un enorme panel de plástico que pusieron los de mantenimiento a primera hora de la mañana. Y unas bandejas de poliespán para no tocar el dinero en efectivo.

La reclamación de las sillas era una batalla perdida.

Lo más horroroso era pensar que en cualquier momento te podrías contagiar, a pesar de las precauciones máximas que se estaban tomando.

Siempre había alguno que no se ponía la mano al toser. Alguno que no hacía caso a las recomendaciones.

Carmen pasó el primer turno en la caja número dos. Las colas no se amontonaron, la exigencia de las medidas trajo fluidez. Después, cambio de turno para comer y reponer estantes, no tardaron demasiado en lo primero.

Pudieron descansar al menos cuarenta minutos.

Lo poco que era y lo mucho que se necesitaba.

Vuelta a los guantes y a la mascarilla. A lidiar con la tarde.

En un breve parón de cobros que hubo a media tarde, le dijo a Alicia:

—Nena, por lo menos ahora nos tratan con algo más de humanidad. No te meten prisa.

—Hasta que te quites la mascarilla —contestó—. Estamos viendo que algo no encaja en el mundo. Aunque las trabajadoras lo estemos haciendo girar.

Y qué razón tenía.

Esto, como decía mi abuela, «son lentejas». Así es el trabajo. Pero el trabajo no lo puedes dejar si quieres comer lentejas.

Otro día terminó. Tiró los guantes y la mascarilla. Se lavó las manos con el gel desinfectante.

Mañana habría que volver a reponer, habría que volver a cobrar.

Recogiendo sus cosas, vio que las subsistencias de papel higiénico eran las más bajas.

—Lo bien que tendrán que ir al baño—le dijo al encargado.

Román le puso una sonrisa indiferente.

Cogió un paquete de cápsulas de café para su casa, que se le había terminado.

Se montó en el autobús de vuelta. Agotada.

El cuello le tiraba, notaba cierta tensión muscular por los tríceps. Aunque al menos esos los sentía, no como los cuádriceps.

Ducha y a la cama. Aunque el sueño no vendría hasta pasados unos minutos.

Al tumbarse, vio a su marido profundamente dormido. Se tiraba ocho horas en la obra. Sudando a plena luz del día, pero con mascarilla.

A él le costaba menos conciliar el sueño. Le acarició el pelo.

Se giró y cerró los ojos.

lunes, 16 de marzo de 2020

Coproganistas (II): Dentro y fuera del hospital


El presidente del Gobierno decretó el estado de alarma. Dijo, tras una emisión en directo dada por todas las cadenas, que los ciudadanos teníamos los movimientos restringidos.

Pero los hospitales siguen funcionando. Evidentemente.

La sombra de hospital es alargada. Tanto, que se abre paso hasta  nuestros hogares, hasta nuestra cotidianeidad más absoluta. Desde la colilla del cigarro hasta la cucharilla del café.

Sonó el despertador.

«Hoy toca guardia», se dijo Paula.

Miró el móvil y vio un mensaje en el grupo de WhatsApp:

«Cómo sabéis, estamos escasos de material. Hoy tendrían que reponernos mascarillas, guantes y gasas como mínimo. De todos modos, si tenéis algo por casa que os sobre, por favor, traedlo».

Era un mensaje de Macarena, la supervisora.

Paula se levantó y se vistió lo más rápido que pudo.

«Otro día a lidiar con la precariedad. Otro día a andar de puntillas a la vuelta del trabajo para intentar no despertar a todos en casa, y menos al abuelo. Espero que pase pronto y pueda darle un beso», se dijo mientras se apretaba el cinturón.

Llegó al hospital tras veinte minutos andando y masticando un plátano. Las colas en la sala de espera ya eran considerables.

Paula buscó a Macarena y sacó dos mascarillas del bolso.

—Me las quedé del hospital en el que hice las prácticas.

Macarena sonrió y dio las indicaciones diarias a Paula.

Todo era de un bullicio frenético. Excesivo. Alarmante. Esquizofrénico.

Camas habilitadas en salas de espera. La acera de enfrente del hospital se convirtió en una de estas.
Aquí y allí, sin parar. Otra paciente. Otra paciente. La ambulancia saliendo y entrando.

Las horas caen y los recursos siguen siendo mínimos. Haciendo malabares entre todas para sacar el trabajo adelante. «Trabajo», por llamarlo como quieren, pero es salvar vidas. O hacer que los últimos momentos de la de algunos sean los mejores posibles.

Presión dentro del hospital y fuera de él. Televisión y radio con boletines especiales. Twitter y WhatsApp sin parar.

En bucle. Cíclico. Infinito.

Pero esto no para al salir del hospital. La cabeza te sigue funcionando a mil por hora. Sientes impotencia por la situación y por lo que queda por venir. No por el trabajo y las relaciones entre nosotros, eso es lo mejor que hay: cómo nos apoyamos y cómo nos organizamos. Es la impotencia de que no nos dejen hacerlo mejor. Sabemos, pero no podemos. La falta de recursos durante años, ahora, en un momento de máxima emergencia sanitaria, hace mella.

El alivio de meterte en las redes sociales y ver todo el apoyo recibido es aire fresco. Pero el aire se termina yendo. Hoy somos heroínas. Pero mañana seguimos en la misma situación.

Paula se encontró subiendo las escaleras de casa sin darse cuenta de lo rápido que había vuelto después de la guardia. Ni miró la hora. Habían pasado catorce horas desde que salió.

Tuvo que rebuscar las llaves. Se quedó frente a la puerta. Notó que no había ruido dentro, que todos estaban dormidos.

La presión del hospital sigue dentro del piso al no tener la certeza de que no esté llevando el virus a casa. Al abuelo, que ya tiene ochenta y cinco años. A mamá, que está prejubilada. A papá, que está de baja.

Todo es un bucle. Cíclico. Infinito.

Paula no consiguió conciliar el sueño hasta pasadas dos horas. Programó la alarma del móvil para dentro de seis.

Se le olvidó comprobar si tenía café para desayunar mañana.

domingo, 15 de marzo de 2020

Coprotagonistas (I): En la fábrica


El presidente del Gobierno decretó el estado de alarma. Dijo, tras una emisión en directo dada por todas las cadenas, que los ciudadanos teníamos los movimientos restringidos.

«Solo podrán salir para ir al trabajo».

«Pero qué te crees que hago yo, macho», se dijo Joaquín mientras masticaba unos noodles tirado en el sofá. Era la hora de cenar.

Su vida no ha cambiado demasiado a pesar de todo. Únicamente tendría que tomar más precauciones en el trabajo. La empresa se puso bastante severa. Guantes y mascarilla para todos. Controles de temperatura al entrar y al salir. Pero tenéis que seguir viniendo. A cargar cajas y a sudar. A seguir tensando los músculos.

Pero la rutina de los trabajadores seguirá siendo la misma: de casa al trabajo y del trabajo a casa.

Encima, como han disminuido los transportes, tengo que andar quince minutos más hasta llegar a la fábrica. Mayor exposición en la calle y mayor carga de trabajo dentro de la fábrica.

Los turnos, cargando palés y colocando todos los alimentos que llegaban, eran infernales. Se aproximaban días duros.

Alfredo, uno de los mozos de almacén, dijo nada más llegar: «Ánimo chavales, estamos haciendo un servicio público». Pero los beneficios no irán todos a las arcas del Estado.

Y era verdad. Por su fuerza de trabajo, el resto de españoles tenían cada día los estantes de los supermercados llenos.

Pasaron dos horas, estaban en el descanso. Alfredo puso la radio:

«Vemos muchas fotos en redes sociales de los pasillos de los supermercados prácticamente vacíos. Alimentos perecederos y productos de limpieza principalmente».

―¿Ves, Juaqui? Estamos aquí salvando al país para que don Pelayo se limpie el culo.

―Como siempre, Alfredito, eso no cambia. Pero la compra no se la hace su mujer ni él mismo, se la hace una colombiana que tienen interna en casa. Con pandemia o sin ella.

Sonrieron y apuraron el bocadillo.

Siguieron trabajando. Sin parar.

En la vuelta a casa, el control policial aumentó. Había policías locales controlando el tráfico y preguntando a la gente que a dónde iban. Se esforzaban en que todos mantuvieran la distancia de seguridad.

Joaquín siguió andando hasta llegar a casa con extrema prudencia.

Volvió a cenar noodles. Le empezó a doler el estómago.

Mañana tendría que volver al trabajo.

Los informativos decían que el número de contagiados había aumentado.

Vio que no tenía café. Mañana tendría que ir al trabajo sin desayunar.

lunes, 13 de enero de 2020

Mochila amarilla


A pesar de que la lluvia era todavía fina y esporádica, las gotas iban calando poco a poco en su abrigo deportivo. La ropa ancha siempre era más cómoda para dar pedales. Además tenía una capucha ajustable con la que, cuando veía en la app del móvil que las temperaturas iban a bajar o que daban predicción de lluvia, podía taparse las orejas sin necesidad de comprarse ningún accesorio extra.

Pasaba la medianoche. Notó la vibración del móvil. Tenía una nueva alerta: un pedido en un Burger King a diez minutos de donde estaba tomando un resuello después de una entrega. Cuando se colocó la mochila, amarilla y con una profundidad enorme, rezó para sí mismo a cualquier Dios que conociese para que la lluvia no se intensificase en el trayecto. Tener que pedalear por el asfalto mojado siempre era más peligroso, sobre todo cuando llevabas un pedido dentro de la mochila.

Todo por una comisión de 1,50 euros. A veces menos. Y todo durante la medianoche y con este temporal.

Cuando Germán recogió el pedido —dos menús dobles con patatas grandes y unas alitas de pollo— comenzó a pensar en cómo acabó siendo uno de aquellos riders. Recordó que estaba buscando trabajo por internet y vio una oferta que prometía dinero fácil y unos horarios flexibles. La empresa se llamaba Glovo y prometía ser tu propio jefe, unos ingresos adecuados y una competitividad total en el trabajo. Podrías trabajar lo que quisieras cuando quisieras.

Los pensamientos de Germán se iban desvaneciendo mientras que en el semáforo en rojo se ajustaba la capucha para protegerse de la lluvia. Todavía le quedaban unos ocho minutos, según Google Maps, para llegar a su destino. El pedido todavía estaría caliente para entonces. De repente cayó en la cuenta de que todavía no había cenado. Quizá con suerte, después de ese pedido y con las horas que eran —pasadas las doce y media de la noche— podría tomar una pizza rápida o un kebab. Todo dependía de si luego no tenía otra entrega y del punto de entrega de la misma.

Cuando la luz verde le volvió a permitir el paso, los cuádriceps y gemelos de Germán se tensaron y comenzó a pedalear todo lo rápido que pudo para intentar deshacerse de la lluvia lo antes posible. Con precaución y mirando el móvil para no desviarse del camino, vio de refilón a unos jóvenes dándose el lote en un portal para justo después comprobar que le quedaban escasos tres minutos para llegar a su destino. La segunda calle a la izquierda. Eran edificios grandes y blancos, con portones recargados y con barrotes en las ventanas.

Aparcó la bici y comprobó en la app el número exacto del piso. El cuarto B. Llamó al telefonillo y notó sus dedos entumecidos por el frío y la lluvia. Una voz apareció al otro lado:

—¿Sí?
—Soy el repartidor, le traigo su pedido.
—Claro, sube.

Germán notó que era un adolescente por su timbre agudo.

Subió por el ascensor con la incomodidad de la mochila y empujó la puerta cuando la voz metálica dijo que era el cuarto piso. Un joven con media melena, unos pantalones caqui y un polo verde le esperaba con la puerta abierta, apoyado en el cerco.

—Menos mal, ya estaba muerto de hambre.

Germán apoyó la mochila en el suelo y sacó dos bolsas de papel que le entregó al chico con sumo cuidado.

—Aquí tienes. Buen provecho. Buenas noches.
—El ascensor es solo para propietarios —protestó la voz del chico cuando agarró las bolsas—. Y cerró la puerta sin despedirse.

Germán se quedó unos segundos petrificado sin saber qué hacer. Después de recorrerse quince minutos en bici, tenía que aguantar ese tipo de comentarios.

«Tendría que haberme comido sus putas alitas», pensó mientras bajaba las escaleras.

Se quedó en el rellano del tercero y terminó el recorrido en ascensor.

Cuando volvió a la calle, vio que la lluvia había amainado, pero él seguía mojado. La bicicleta seguía apoyada con la cadena de seguridad en el árbol de enfrente del edificio. Se montó y se puso a pedalear sin rumbo fijo. A los pocos minutos, el cuerpo le estaba pidiendo descansar, así que se desvió hacia el centro, donde los portales eran grandes y se podía combatir mejor el frío y la lluvia. Al menos podría aparcar bien la bicicleta.

Pasaron unos quince minutos y apareció una chica joven, con su misma mochila y totalmente empapada, tambaleándose con la bicicleta. Se bajó como pudo y corrió a refugiarse en uno de los portales. La chica sacó el móvil. Germán, al verlo, se acercó y no dudó en empezar a hablar con ella:

—Hola, ¿un pedido?
—Mmm, hola. Sí, otro. Pero estoy empapada y creo que se me ha pinchado una rueda de la bici.
—Vaya, lo siento. ¿Y si no coges el pedido?
—Necesito el dinero. Mi hija necesita los libros para el colegio.
—Pero también necesita una madre sana, ¿verdad?
Gonzalo le prestó la toalla que tuvo que robar de un tendedero para poder secarse.
—Todavía está un poco húmeda, pero creo que te podrá servir.
—Gracias. Perdona, no me he presentado. Me llamo Celia.
—Yo soy Germán. ¿Vas a coger el pedido?
—Claro, qué remedio.

Los ojos llorosos de Celia demostraban una impotencia terrible. Se secó las lágrimas y se arrancó a hablar.

—No puedo más. ¿Sabes que vengo de una casa donde no querían el pedido porque estaba frío? Les he explicado que lo sentía, que me he tenido que desviar de la ruta más rápida porque la policía había cortado la carretera por una pelea y he tardado más. Pero les ha dado igual, no lo han cogido y yo no lo he cobrado. ¿Ves por qué lo tengo que coger?
Germán se quedó pensativo unos instantes. Desvió la mirada y sacó su móvil para comprobar la app. Vio que no tenía nada. Volvió a fijar su mirada en Celia y dijo:
—Si quieres, te llevo yo.
—Claro, y lo cobras tú.
—No, descuida. Solo te llevo en la bici. Me puedo apañar montando de pie. Venga, acéptalo, tú hija lo necesita.
—Y tú también necesitas el dinero, imagino.
—Claro. ¿Pero qué sería de nosotros si no somos solidarios el uno con el otro? Bastante mierda tenemos encima con este trabajo como para no ayudarnos.

Volvieron a aparecer los ojos llorosos de Celia. Agarró su Huawei y aceptó el pedido. Era en un McDonalds. Como estaba cerca, Germán le dijo que iría andando a por él. Luego, Celia cogería la bicicleta de Germán y se verían en ese McDonalds.

La lluvia no volvería a aparecer y, a los doce minutos, Germán y Celia estaban de camino a una zona residencial donde alguien quería comer aros de cebolla a la una de la madrugada. Germán mantuvo el equilibrio como pudo, al igual que Celia el peso de la mochila. La delgadez de la muchacha ayudó a que no se cayesen.

Tardaron exactamente nueve minutos en llegar. Celia se bajó de la bicicleta cuando Germán paró e hizo entrega del pedido. Vio como la app confirmó la entrega.

—Oye, Germán, de verdad, muchísimas gracias. Nunca me había pasado una cosa así.
—Ni yo lo había hecho. Pero no iba a dejar que una compañera estuviese así. La ayuda mutua es necesaria.
—¿Sabes? Cuando cogí este trabajo por internet, el anuncio rezaba que tendría la competitividad más absoluta. Hoy contigo he visto que mentían.
—También mentían cuando nos decían que íbamos a ser nuestros propios jefes. Un jefe nunca haría un trabajo por dos euros.

Ambos sonrieron.

Germán y Celia volvieron donde estaba la bicicleta con la rueda pinchada. Ella cogió un autobús nocturno para volver a casa y él se quedó vagando por las calles un rato más. Se intercambiaron los teléfonos.

Eran compañeros. Compañeros con una mochila amarilla a cuestas para sobrevivir. Y el apoyo mutuo cuando luchas por sobrevivir es totalmente necesario.

viernes, 11 de octubre de 2019

Copa de balón


Veteranía. Existe algo de épica en el término. En cambio, «viejo» nos transmite dejadez y desgaste. La veteranía va ligada a la experiencia y la vejez a la incapacidad. Veterano de guerra y viejo de pueblo.

Me cansa mucho que todos aquellos que han nacido en los noventa y todavía no han llegado a la treintena se piensen que son viejos. Un concepto dominante e impuesto en nuestro imaginario. El manido discurso de: «es que ya estoy mayor» o sentir nostalgia de «cuando salíamos de jóvenes». Afirmar tal cosa cuando estás acabando una carrera o un máster interminable no va estrechamente ligado al hecho de que ahora te tomes las copas en un bar sentado y no en una discoteca escuchando reggaetón con chavales nacidos en el 2001. La copa de balón en vez del vaso de plástico.

Quizá es que cuando los del noventa empezamos a salir estábamos solos en las discotecas y no había gente mayor en los garitos. Pero aquí entra la aspiración y el sentimiento de exclusividad: somos mejores que todos esos chavales a los que les gusta el trap y ponen canciones de Bad Bunny en las stories de Instagram. No te veo a ti poniendo a Sabina en tus redes sociales. Y, si lo pones, es el tema que escuchaste en las fiestas del pueblo de al lado. Ni 19 días ni 500 noches. Dictadura de la mediocridad.

He llegado a ver a un pijo en unas fiestas de pueblo en mitad del botellón popular con una copa de cristal. Tenía los pantalones remangados hasta los tobillos y una cara de querer una caricia que no podía con ella.
Para colmo, a todos los que no llegan a la treintena y se creen mayores les ha dado por beber Puerto de Indias. La realidad siempre supera a la ficción, por eso es cruenta y directa.

Todavía recuerdo los primeros botellones en los que yo era el único que compraba ginebra. Larios, por supuesto. La precariedad etílica con veinte años iba ligada siempre a comprar la botella más barata.

Ahora todos beben ginebra rosa. Todo es descafeinado y encima del Starbucks.

Es probable que tenga algo de importancia la falta de oportunidades vitales o la dirección de las inquietudes culturales que nos pretenden vender. Al igual que la jornada laboral maratoniana que tenemos durante la semana, que nos anula mentalmente.

Hemos agarrado la copa de balón los fines de semana para decirnos que estamos mayores cuando la única realidad es que hemos llegado al punto vital en el que únicamente nos sentimos útiles si producimos.

domingo, 1 de septiembre de 2019

El palo del churrero


«Éramos humanos y ahora vete tú a saber (…)
(…) nos están autoengañando aquellos de allí (…)»

Gatillazo, Cómo convertirse en nada


El aceite hirviendo dentro de un recipiente de metal gris. Encima, un palo largo de madera desgastada removiendo una masa gris enrollada que cada vez coge un color más tostado.

El palo del churrero. Es domingo por la mañana. Ningún médico recetaría desayunar churros si tuvieses el colesterol alto.

Los domingos, hasta la hora del aperitivo, el mundo ralentiza su ritmo: los más optimistas cogen sus bicicletas y salen a pedalear o hacen deporte a primera hora, otros remolonean en la cama hasta que el último rayo de sol se cuela por la ventana. Otros madrugan para disfrutar de la soledad y terminar el libro que llevan postergando semanas. Las panaderías y estancos notan el pico de trabajo hasta el mediodía ya que la venta de pasteles para el postre o la compra del suplemento dominical del periódico copa los números de sus cajas registradoras. El sabor de la nata del pastelero se mezcla con un poco de cultura pop mainstream o una columna de opinión de alguna escritora emergente. Los nostálgicos podrán música en su tocadiscos y otros le darán al play en Apple Music. Todos se sentirán un poco especiales.

Mientras la grasa del palo del churrero sigue pegada a la madera.

Cuando el ritmo de los acontecimientos disminuye, se abre una ventana de oportunidad para que diferentes elementos conjuguen: la primera hora de la mañana del domingo también puede servir para volver a casa tras una buena noche de fiesta. Las miradas de quienes madrugan con los que trasnochan puede ser una minúscula batalla fratricida en pleno transporte público durante escasos segundos cuando el sol está saludando al mundo. Otros cumplen estrictamente el horario de salida de sus mascotas con el relente de la mañana para luego volver a la cama.

El ritmo vital desciende y la vida sigue conjugándose. El churrero vuelve a poner aceite a hervir para volver a introducir el palo grasiento en el recipiente. Su repartidor ya habrá dejado los pedidos en los bares de la zona y habrá pasado la factura. Vuelta a empezar.

Dentro del mar de posibilidades que nos ofrece un domingo por la mañana, llamado a ser una barra libre de nuestra toma de decisión en tanto en cuanto podamos, persisten pequeñas olas que nos arrastran hasta la orilla de la rutina más angosta y repetitiva: las grandes cadenas comerciales abren sus puertas como un día más; sabiendo que para gran parte del mundo es su día de descanso, la ventana del consumo sigue abierta.

Quieren que lleguemos a nuestro punto vital en que la única salida de las preocupaciones sea pisar el suelo frío de un centro comercial repleto de maniquíes y carteles de hamburguesas con queso a un euro. La vitalidad y las ganas de seguir adelante ligadas a un cartel publicitario o al sabor de la carne procesada. Siempre tienes la oferta del día en tu app en cualquier restaurante de comida rápida. Debemos desconectar de nuestro mundo conectándonos al suyo.

La franja dominical matinal se estira hasta que el camarero del bar de abajo tira la primera cerveza, en el momento que la espuma rebosa en el vaso, la locomotora introduce una marcha más y el viaje hacia el primer día de la semana laboral y burguesa se encamina para que en pocas horas nos sumerjamos en la absurdez del domingo por la tarde—que cantaba La Fuga—para volver a conectar la alarma.

Desde el remanso de paz para algunos, hasta una jornada laboral dominguera para otros, todo vuelve a desembocar en lo mismo: la vida es cíclica y en innumerables ocasiones está pisando el pedal de no retorno.

¿Qué no falla ningún domingo por la mañana? La grasa del palo del churrero.

jueves, 22 de agosto de 2019

Pulsera gris


La recepcionista me ajustó la pulsera en la muñeca y el poder que había ejercido mi tarjeta de crédito pasó a ser la fuerza, el divertimento y la desconexión de los siguientes siete días lejos de casa.

La búsqueda del tiempo perdido por el estrés de año y el aprovechamiento del mismo para conseguir oxigenar la mente y las ideas.

Oficialmente estaba de permiso, que decía mi abuela. Veintiséis años de mi vida y era la primera vez que he tenido la sensación real de que estaba de vacaciones.

La fuerza depredadora de mi pulsera tenía varios poderes ocultos debido al suplemento que pagué: sitios reservados en comedor y piscina, merienda en la habitación y barra libre de bebidas por parte de los camareros del hotel por llevar el color gris en mi muñeca.

Todo funciona igual: si los puedes pagar, tus privilegios aumentan. La gran contradicción del mundo capitalista actual cuando la desigualdad está en números catastróficos. Y como tal sus conflictos laborales. Los mismos camareros sirviendo en desayuno, comida y cena. En pantalones largos negros en pleno mes de agosto. Las mismas limpiadoras teniendo que hacer las máximas habitaciones en el menor tiempo posible.

Un trato exquisito por llevar la pulsera gris. Pero siempre hay que mirar debajo de la alfombra.

Pude pagarlo: tenía derechos adquiridos. La rueda del turismo me abrumó en determinadas ocasiones. Quizá por falta de práctica o por ser un mundo en el que no sabía moverme con cierta soltura o, directamente, absolutamente desconocido y del cual he conocido experiencias muy puntuales y algunas por trabajo.

De la imagen general que he logrado esbozar en mi cabeza mientras tecleo el ordenador hacia un punto de vista más amplio, me asalta una pregunta: ¿todo lo vivido en el período vacacional es por sumar experiencias? En determinadas ocasiones, me temo que sí. Aquí entran en juego las redes sociales y un factor competitivo altamente agresivo: debes estar a la altura del resto o te quedarás rezagado. Suma, viaja y exponte cara al público. Hagas lo que hagas, ponte un filtro de Instagram.

En los tiempos que corren, a todos nos puede llegar a gustar subir algo de vez en cuando: fotos o algún otro tipo de elemento variopinto que nos permita el mundo cibernético. Pero hay cosas que rozan lo grotesco. Incluso calamitoso. Como subir un vídeo corriendo en la cinta del gimnasio del hotel, en un escenario exactamente igual del que puedes vivir en una macrosala de deporte de tu ciudad, únicamente por estar en otro país (aquí me he puesto estupendo y quisquilloso, ruego que me disculpen).

Entre el Black Mirror y el gintonic con la lima rallada que te aprietas en la terraza del hotel que te has podido permitir, hay una cara oculta que toca la realidad con los dedos. Entre el filtro de Instagram para poner la sonrisa que todo el mundo quiere ver y el socorrista de la piscina que está echando ocho horas al sol para que tú puedas disfrutar del baño, está la vida diaria. Está la gente que sigue haciendo girar el mundo.

No importa del color que sea la pulsera del hotel, si estás en un camping o si te has pegado doce horas de coche para llegar a la playa y disfrutar de tu familia unos días: llegues donde llegues la rueda del mundo sigue girando y levanta ampollas bajo toda una industria del turismo y el ocio altamente nociva en muchos aspectos. Es el mercado, amigo.

Apuren las vacaciones —que bien merecidas las tienen— y pidan por favor el café a la camarera, no sean cenutrios.

PD: me quité la pulsera nada más llegar a casa, nunca fue conmigo el ser un hortera.

Entre la gloria y tú